Soy Devoto

En esta sección, los devotos podrán encontrar contenido que les permitirá profundizar e interiorizarse para crecer en la Devoción mediante los recursos que ofrecemos. 

A continuación presentamos un esquema opcional que expone sintéticamente el misterio de la Divina Misericordia. El esquema está dividido en tres pasos: 

1) La Iniciativa Divina

Dios recuerda a la humanidad que El es la misericordia misma.

  1. Nos pide el culto a su Divina Misericordia.-
  2. Nos urge darle este culto a su Divina Misericordia.- 

2) La Repuesta del Hombre. Para dar culto a la Divina Misericordia el Señor nos pide: 

  1. Confianza en la Divina Misericordia
  2. Obras de Misericordia con el prójimo

3) Las 5 Nuevas Formas Exteriores de Culto a la Divina Misericordia. Jesús nos revela y pide 5 práctias exteriores con las que podemos concretizar la confianza y las obras de misericrodia, y así, además obtener las grandes promesas dadas a cada práctica, dar verdadero culto a la Misericordia de Dios. Ellas son: 

  1. La Imagen de Jesús Misericordioso.
  2. La Fiesta de la Divina Misericordia.
  3. La Coronilla de la Divina Misericordia. 
  4. La Hora de la Misericordia.
  5. La Difusión de la Divina Misericordia.

( Libro "La Divina Misericordia prepara al mundo", P. Mauro Carlorosi co.)

La Confianza

La primera y la más importante condición y exigencia vinculada con el culto a la Divina Misericordia es la confianza en la bondad y compasión de Dios. La Confianza en la Misericordia de Dios es la esencia del culto a la Divina Misericordia. La confianza es necesaria para obtener las gracias generales de la Misericordia de Dios y las demás gracias particulares prometidas por el Señor en esta devoción. La confianza es la madre de las obras buenas que son agradables a Dios, ella es la llave que nos permite abrir las puertas al manantial de la misericordia que Dios quiere derramar sobre nosotros.

En el Diario, Jesús no solo se refiere treinta y cuatro veces a ella, sino que hasta nueve veces la califica como condición indispensable para recibir todos los beneficios de la misericordia: Las gracias de mi misericordia se toman por un solo recipiente: la confianza (D. 1578). Por la confianza se obtienen gracias generales que abarcan no solo a las gracias santificantes, las gracias que nos hacen agradables a Dios, sino también a los bienes terrenales: La humanidad no encontrará la paz, hasta que no se dirija, con confianza a mi misericordia(D. 300). Por tanto la confianza es indispensable no solo para la salvación individual sino para el desarrollo constructivo social y la paz de la humanidad.

El papel vital de la confianza para la práctica del culto se encuentra en el Diario: Las gracias de Mi misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son Mi gran consuelo, porque en tales almas vierto todos los tesoros de Mis gracias (D. 1578). Que no tema acercarse a Mí el alma débil, pecadora y aunque tuviera más pecados que granos de arena hay en la tierra, todo se hundirá en el abismo de Mi misericordia (D. 1059). Que los más grandes pecadores [pongan] su confianza en Mi misericordia. Ellos más que nadie tienen derecho a confiar en el abismo de Mi misericordia (D. 1146).

Si alguien reza la coronilla, venera la imagen, cumple los requisitos de la fiesta, etc., pero lo hace sin esta confianza, no solo no obtiene las gracias particulares prometidas por Cristo, sino que tampoco obtiene las gracias generales ni da culto a la Divina Misericordia, su acto es inexistente. Porque adorar la Misericordia de Dios es lo mismo que confiar en la Misericordia de Dios. Tanta es la importancia de la confianza que, sin otros actos concretos de la devoción, garantiza todos los efectos propios, las gracias generales de la misma: quien confía en Mi misericordia no perecerá, porque todos sus asuntos son Míos(D. 723). Implica por tanto los bienes para la salvación, santificación y los bienes terrenos: El alma que confía en Mi misericordia es la más feliz porque Yo Mismo tengo cuidado de ella (D. 1273).

Sin embargo, para recibir las gracias particulares prometidas por Jesucristo por la práctica de cada una de las cinco nuevas formas concretas de dar culto a su misericordia, deben realizarse las mismas con confianza en Dios y con el corazón orientado a las obras de misericordia al prójimo.

¿Qué es la confianza?

“En los escritos de sor Faustina, la confianza no es una virtud entre otras, sino la actitud integral que el hombre debe tener hacia Dios como Padre rico en misericordia. Está condicionada por las virtudes teologales: fe, esperanza y amor, y las morales: humildad y contrición, sin las cuales es imposible confiar en Dios, porque no se puede confiar en alguien a quien no se conoce, con quien no se cuenta, a quien no se ama. Tampoco se puede confiar, si al mismo tiempo uno no conoce sus propias debilidades y no reconoce el mal que ha cometido en su propia vida. La confianza no es, pues, ni un sentimiento piadoso ni una aceptación intelectual de las verdades de la fe, sino una actitud enraizada en la voluntad del hombre y que se expresa por el cumplimiento de la voluntad de Dios, contenida en los mandamientos, las obligaciones de estado o en las inspiraciones del Espíritu Santo que cada cual va discerniendo en su vida cotidiana”.

Además, la confianza incluye necesariamente la oración, el diálogo y el reposo en Aquel en quien pusimos nuestra confianza. La confianza, al decir del padre Ignacio Rozycki, es la espera voluntaria, humilde, inalterable y animada por la fe, en la benevolencia de Dios. En las reflexiones sobre la confianza profundizaremos más sobre esta condición fundamental del culto a la Misericordia Divina.

(Libro "La Divina Misericordia prepara al mundo", P. Mauro Carlorosi co.)

 

Recursos

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Espiritualidad de la Divina Misericordia 24 de abril 2020 La Confianza en la Misericordia Divina

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Espiritualidad de la Divina Misericordia 19 de mayo 2020 La Confianza en la Divina Misericordia II

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Espiritualidad de la Divina Misericordia 18 de mayo 2020 La Confianza en la Divina Misericordia I

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Espiritualidad de la Divina Misericordia 20 de mayo 2020 La Confianza en la Divina Misericordia III

Las Obras

El amor activo al prójimo, la orientación de la vida hacia la caridad, el acudir al auxilio de Cristo oculto en el hermano necesitado, es el testimonio irrefutable de que amamos a Cristo y de que hemos puesto nuestra confianza en El. Solo así damos culto a su misericordia. La misericordia para con el prójimo que tanto pide el Señor en los evangelios y en esta devoción, constituye el segundo pilar del culto a la Divina Misericordia.

A semejanza de una cruz, quien se deja permear por la Divina Misericordia transforma su vida: en primer lugar por una dimensión vertical que es su relación con Dios marcada por la confianza; y, en segundo lugar, por una dimensión horizontal, que es su relación con el prójimo, marcada por las obras de misericordia. Por medio de esta imagen de una cruz, las dos dimensiones, confianza y obras, están indisolublemente relacionadas para dar culto a la Divina Misericordia.

Quien ha recibido el perdón, a su vez debe perdonar; quien ha sido consolado, debe llevar el consuelo a los demás; quien ha abierto su corazón a las infinitas gracias de la Misericordia Divina, debe sentir el deseo de ser siempre misericordioso para con los demás. En el Diario, Jesús propone a sor Faustina tres maneras de practicar la misericordia: a través de los actos, a través de la palabra y a través de la oración (cf. D.742).

La práctica de las cinco formas exteriores de culto a la Divina Misericordia (imagen, fiesta, coronilla, Hora de la Misericordia y difusión del culto) tiene que expresar la confianza y debe ir unido a la práctica de la misericordia para con el prójimo. Solo en este caso el devoto podrá beneficiarse de las promesas que Jesús vinculó a esta devoción. La práctica de las nuevas formas exteriores de culto a la Divina Misericordia exentas del fundamento de confianza y misericordia para con el prójimo podrían derivar en una espiritualidad superficial, caracterizada por un sentimentalismo religioso carente de contenido sólido, o en una actitud egoísta que está fuera de la voluntad de Dios.

Para que nuestras buenas obras sean obras de misericordia se deben realizar por amor a Jesucristo, que se identifica con cada hombre, porque –como dijo– cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí” (Mt 25, 40). Precisamente esa intención distingue la misericordia cristiana del amor natural o de la filantropía ejercida por motivaciones diversas.

Configurar la vida

Las obras de misericordia deben orientar nuestra vida; cambiar nuestro modo de pensar, actuar y hablar con respecto a los demás. Y el pedido del Señor supone desearlas sinceramente así como, en la medida de nuestras reales posibilidades, realizarlas.

Según santa Faustina, Jesucristo desea que todos los devotos de su misericordia hagan al día por lo menos una obra de amor hacia el prójimo y todas las que estén a su alcance (cf. D. 1155 a 1158). 

(Libro "La Divina Misericordia prepara al mundo", P. Mauro Carlorosi co.)


 

La Imagen 

La Imagen de Jesús Misericordioso es el distintivo de la Divina Misericordia. Por medio de ella Jesucristo quiere hacernos visible, presente y actual la infinita Misericordia Divina. La imagen representa la infinita Misericordia de Dios Uno y Trino, manifestada por medio de Jesucristo, por eso puede llamársela indistintamente como Imagen de “la Divina Misericordia”, de “Jesús Misericordioso” o de “Jesús Divina Misericordia”. El Señor quiso ser pintado y donar gracias especiales por medio de esta ilustración suya. La imagen es fruto de un pedido explícito del Señor, posee promesas para quienes la veneren y tiene una relación muy estrecha con la Fiesta de la Divina Misericordia.

El pedido de Jesús a sor Faustina de pintar una imagen tuvo lugar en la visión del 22 de febrero de 1931 en la celda de la religiosa polaca durante su estancia en el convento polaco de Plock. “Al anochecer, estando yo en mi celda –escribe en su Diario– vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. […] Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío. Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y [luego] en el mundo entero” (D. 47). Allí también Jesús le dijo: “Quiero que esta imagen […] sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (D. 49). Jesús le pidió que en la imagen debía colocarse de modo evidente la frase: “Jesús, en Vos confío” (cf. D. 47 y 327). Y tiempo después el Señor le explicó a sor Faustina el sentido de los rayos: “Los dos rayos significan la Sangre y el Agua. El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas… Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando Mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza. Estos rayos protegen a las almas de la indignación de Mi Padre. Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios” (D. 299).

La primera imagen fue pintada en la ciudad de Vilna, en 1934, por Eugenio Kazimirowski. Luego de ver la insuficiencia artística para poder plasmar la belleza de Cristo por el pincel, sor Faustina se afligió y lloró; sin embargo Jesús le dijo: “No en la belleza del color, ni en la del pincel, está la grandeza de esta imagen, sino en Mi gracia” (D. 313). También Nuestro Señor Jesucristo quiso que la imagen sea venerada públicamente y que todos los hombres tuvieran acceso a ella (cf. D. 341 y 570). Desde entonces se han multiplicado en el mundo muchas versiones de la imagen, basadas en la visión que tuvo sor Faustina en Plock.

La imagen es un signo y también una síntesis visual de todo el mensaje de la Misericordia de Dios, tal como el Señor quiso transmitirlo por medio de santa Faustina: por un lado, nos recuerda el misterio revelado en la Sagrada Escritura sobre el amor misericordioso de Dios hacia el hombre, y por otro, exhorta al hombre a la confianza en Dios y a las obras de misericordia hacia los demás; también es como un recipiente que sirve para obtener las gracias que Jesús nos aseguró mediante sus promesas.

 Promesas y exigencias

El Señor promete grandes dones para los devotos de la imagen: “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo Mismo la defenderé como Mi gloria” (D. 48), “Por medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias” (D. 570), “A través de esta imagen concederé muchas gracias a las almas; ella ha de recordar a los hombres las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil” (D. 742). Para quienes veneren correctamente la imagen (con confianza en Dios y obras de misericordia), el Señor promete grandes progresos en el camino de la perfección cristiana, la obtención de todas las gracias y beneficios temporales que los hombres pidan a Dios, la gracia de una buena muerte y la salvación eterna.

Puede utilizarse indistintamente “Jesús en Ti confío” o “Jesús en Vos confío”, con la coma o sin la coma luego de Jesús. Lo importante es sostener lo esencial que pide el Señor y la fidelidad y unidad con la Iglesia que ha aprobado esta nueva forma exterior de culto a la Misericordia Divina.

(Libro "La Divina Misericordia prepara al mundo", P. Mauro Carlorosi co.)

La Fiesta

Jesús habló por primera vez a santa Faustina de instituir esta fiesta el 22 de febrero de 1931 en la ciudad polaca de Plock, en el mismo mensaje en que le pidió pintar su imagen. Le dijo: “Deseo que haya una Fiesta de la Divina Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer Domingo después de Pascua de Resurrección; ese Domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (D. 49).

Jesús le explicó a santa Faustina el motivo por el cual desea esta fiesta: “Las almas mueren a pesar de mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de mi Misericordia. Si no adoran mi Misericordia, morirán para siempre. Secretaria de Mi misericordia, escribe, habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia” (D. 965).

La Fiesta de la Divina Misericordia tiene el rango más alto dentro de todas las formas de culto de la Divina Misericordia en cuanto a la magnitud de las promesas y su posición en la liturgia de la Iglesia. Esta fiesta, siguiendo el pedido de Jesucristo, se celebra el último día de la Octava de Pascua, hoy denominado litúrgicamente como el Segundo Domingo de Pascua. Es una celebración litúrgica católica de carácter solemne que inicia con las vísperas (la tarde del sábado previo) y concluye con ese domingo.

El Señor pide la fiesta y habla de lo especial de dicho día y de lo que promete donar a quien acuda a ella con confianza: Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. […] La Fiesta de la Misericordia ha salido de Mis entrañas, deseo que se celebre solemnemente el primer domingo después de Pascua” (D. 699).

Para poder recibir estos grandes dones hay que cumplir las condiciones de la devoción a la Divina Misericordia (confiar en la bondad de Dios y amar activamente al prójimo), estar en el estado de gracia santificante (debidamente confesado) y recibir dignamente la eucaristía. No encontrará alma ninguna la justificación –explicó Jesús– hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia y por eso el primer domingo después de la Pascua ha de ser la Fiesta de la Misericordia. Ese día los sacerdotes deben hablar a las almas sobre Mi misericordia infinita” (D. 570)

Las promesas extraordinarias que el Señor Jesús vinculó a la fiesta demuestran la grandeza de la misma: Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida recibirá el perdón total de las culpas y de las penas” (D. 300).

La forma de celebrar dicha fiesta está descripta en el Diario y consiste básicamente en una veneración litúrgica de la Imagen de Jesús Misericordioso. Jesús pide también, a través de sor Faustina, que este día los sacerdotes hablen de la insondable Misericordia de Dios y que los fieles reciban dignamente la eucaristía. Al cumplir con estos requisitos se harán acreedores de la promesa de la remisión total de las culpas y de las penas (no solo las penas temporales por los pecados cometidos como en el caso de la indulgencia plenaria). La gracia de la fiesta equivale a una completa renovación de la gracia bautismal en el alma. Para preparar debidamente esta fiesta, el Señor pide una novena (cf. D. 796) que consiste en rezar la Coronilla de la Divina Misericordia desde el Viernes Santo. A los que participen de este novenario el Señor prometió conceder toda clase de gracias.

Esta Fiesta de la Divina Misericordia fue incorporada en el calendario litúrgico católico por el papa san Juan Pablo II, el día 30 de abril del año Jubilar 2000, con motivo de la canonización de santa Faustina Kowalska. Tal incorporación fue comunicada oficialmente a toda la Iglesia por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos mediante el decreto Misericors et miseratur, el día 5 de mayo del año 2000.

El papa san Juan Pablo II le otorgó a la fiesta el don de la indulgencia plenaria, la cual fue confirmada por la Penitenciaría Apostólica mediante decreto del 29 de junio de 2002.

(Libro "La Divina Misericordia prepara al mundo", P. Mauro Carlorosi co.)

 

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Catequesis del padre Mauro Carlorosi CO, difusor de la Divina Misericordia, sobre la Fiesta de la Divina Misericordia. Realizada el Domingo de Pascua 12 de abril de 2020..

La Coronilla

La Coronilla de la Divina Misericordia es una oración enseñada por Jesucristo a sor Faustina, deseando que sea rezada por todas las personas. Al igual que en la veneración de la imagen, el rezo de la coronilla contiene una gracia especial que proviene del mismo hecho de ser un don de Dios: “las entrañas de mi misericordia se enternecen por quienes rezan esta coronilla” (D. 848).

Al rezar la coronilla ofrecemos a Dios Padre “el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad” de Jesucristo como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero. Al unirnos al sacrificio de Jesús, apelamos a este amor con el que Dios Padre ama a su Hijo.

Esta forma exterior de dar culto a la Divina Misericordia está unida, como venimos diciendo, a la confianza y a las obras de caridad. De hecho, la misma oración de la coronilla se constituye en una de las siete obras de misericordia espirituales: orar por vivos y difuntos. La coronilla tiene un énfasis especial en los pecadores y los moribundos.

Esta forma de culto pedida por el Señor en el Diario recibe el nombre de rosario o Coronilla de la Divina Misericordia. Jesucristo enseñó esta oración a sor Faustina entre el 13 y el 14 de septiembre de 1935 (fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz) en Vilna (hoy capital de Lituania). Ella se encontraba en su celda cuando tuvo la visión de un ángel que venía a la tierra para castigar al mundo por sus pecados. Ella vio esto como un signo de la “ira divina”, y empezó a pedirle al ángel que se contuviera por algún tiempo de llevar a cabo sus propósitos, asegurándole que el mundo haría penitencia. Sin embargo, cuando ella se halló ante la majestad de la Santísima Trinidad, no se atrevió ya a repetir esta súplica. No fue hasta que sintió el poder de la gracia de Jesús en su alma, que comenzó a rezar con las palabras de una oración que iba oyendo interiormente. Así lo dejó escrito en su Diario: “Cuando así rezaba, vi la impotencia del ángel que no podía cumplir el justo castigo que correspondía por los pecados” (cf. D. 474-475).

Es el Señor quien le enseña a sor Faustina cómo debe rezarse la coronilla para impedir aquel justo castigo: con un rosario común, de modo siguiente: primero rezarás una vez el Padre nuestro, el Ave María y el Credo, después, en las cuentas correspondientes al Padre Nuestro, dirás las siguientes palabras: Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero; en las cuentas del Ave María, dirás las siguientes palabras: Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. Para terminar, dirás tres veces estas palabras: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero(D. 476).

Rezando la coronilla (sin agregar ni quitar nada a lo revelado por Cristo) pedimos “misericordia para nosotros y el mundo entero”, haciendo de este modo un acto de misericordia; y si es rezada con Confianza en la Misericordia Divina y cumpliendo las condiciones que deben caracterizar cada buena oración (la humildad, la perseverancia, la sumisión a la voluntad de Dios), los fieles podemos esperar el cumplimiento de las promesas de Cristo.

Promesas

Una promesa general y dos promesas particulares están vinculadas a la Coronilla de la Divina Misericordia. Jesucristo formula la promesa general en las siguientes palabras: “A través del rezo de este rosario obtendrás todo, si lo que pides está de acuerdo con mi voluntad” (D. 1731), A quienes recen esta coronilla, Me complazco en darles lo que Me pidan” (D. 1541), “El Señor me ha dado a conocer que a través de esta oración se puede obtener todo” (D. 1128).

  • La primera promesa particular está dirigida a todo aquel que rece esta oración, y destaca la importancia que tiene para la hora de la muerte: Todo aquel que rece [la coronilla] se hará acreedor de gran misericordia a la hora de la muerte. [...] Hasta el pecador más empedernido, si la reza tan solo una vez, recibirá la gracia de mi misericordia infinita” (D. 687), A las almas que recen esta coronilla, Mi misericordia las envolverá en la vida y especialmente a la hora de la muerte” (D. 754), “Cuando la recen los pecadores empedernidos, colmaré sus almas de paz y la hora de su muerte será feliz” (D. 1541). El Señor da mucha importancia a este momento del paso de la vida terrena a la eterna y por eso promete a todo el que la rece con confianza y con corazón dirigido a la caridad fraterna, que por esta oración tendrán una muerte serena y sin temor no tendrán miedo. Mi misericordia las protegerá en ese último combate…” (D. 1540).
  • La segunda promesa se refiere a la persona agonizante por la cual el devoto quiera ofrecer su oración: Cuando cerca de un agonizante es rezada esta coronilla, se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma y se conmueven las entrañas de Mi misericordia por la dolorosa Pasión de Mi Hijo” (D. 811). Y más adelante: me pondré entre el Padre y el alma agonizante, no como juez, sino como Salvador misericordioso” (D. 1541). Además, el Señor dice: Defenderé como Mi gloria a cada alma que rece esta coronilla en la hora de la muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante, quienes le obtendrán el mismo perdón” (D. 811).

(Libro "La Divina Misericordia prepara al mundo", P. Mauro Carlorosi co.)
 

 

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La Hora de la Misericordia

El momento de la muerte de Jesús en la cruz, es decir, las tres de la tarde, es una realidad muy especial en la devoción a la Divina Misericordia. En ese momento el Señor nos pide permanecer en espíritu al pie de la cruz a fin de suplicar la misericordia para uno mismo y para el mundo entero, en especial para los pecadores, en virtud de los méritos de su pasión.

En octubre de 1937, el Señor Jesús le encomendó a sor Faustina adorar diariamente la Misericordia Divina meditando su dolorosa pasión a las tres de la tarde, la hora de su muerte: “Cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y, especialmente, para los pobres pecadores, ya que en ese momento, se abrió de par en par para cada alma” (D. 1572). Esta forma exterior de culto a la Misericordia lleva el nombre de la Hora de la Misericordia o la Hora de la Gran Misericordia. Las indicaciones de Jesucristo acerca de esta forma del culto son las siguientes: “En esta hora procura rezar el vía crucis, en cuanto te lo permitan los deberes; y si no puedes rezar el vía crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a mi Corazón que está lleno de misericordia. Si no puedes entrar en la capilla sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante” (D. 1572).

Las condiciones para practicar la Hora de la Misericordia: 1) La oración que se realice debe ser dirigida a Jesús y debe unirnos con Jesucristo que agoniza en la cruz (Vía Crucis, visita al Santísimo Sacramento, elevación de una oración y/o pensamiento, etc.). 2) Debe ser rezada a las tres de la tarde, cuando el reloj marca la hora exacta[2]. 3) Debe suplicar misericordia para el mundo entero, en especial para los pecadores, apelando a los méritos de la Pasión del Señor. 4) Debe ser rezada con confianza y disposición a las obras de misericordia.

Promesas:

A los fieles que acepten esta invitación de acompañarlo en su sufrimiento durante su pasión y su muerte, compartiendo en especial su sufrimiento moral, su dolor físico, su soledad, su rechazo, su angustia y su abandono, etc., les dirige la siguiente promesa: “A esa hora nada le será negado al alma que me lo pida por los méritos de mi pasión” (D. 1320). “En esa hora puedes obtener todo lo que pidas para ti o para los demás. En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la misericordia triunfó sobre la justicia” (D. 1572).

(Libro "La Divina Misericordia prepara al mundo", P. Mauro Carlorosi co.)
 

La Difusión de la Devoción a la Divina Misericordia

Esta forma exterior de culto a la Divina Misericordia consiste en la propagación del mismo. El Señor escoge a sor Faustina como secretaria y apóstol de la Divina Misericordia, y le hace saber que su papel será apenas el de una chispa que encenderá un gran fuego, fuego que abrasará los corazones de una gran parte de la humanidad. Para esta tarea es precisamente para la cual el Señor necesita a los apóstoles de la Divina Misericordia. 

La difusión del culto adquiere tanta importancia en el Diario que, de por sí, llega a ser considerada como una forma de dar culto a la Misericordia Divina[1]. Es así también porque la dedicación a esta tarea exige de una manera intrínseca la aplicación de las dos virtudes fundamentales del culto: la confianza en Dios y la misericordia para con el prójimo (la difusión es en sí misma una obra de misericordia). Esta difusión exige la confianza porque al ver la limitación de los medios propios, así como la hostilidad de las sociedades contemporáneas hacia los mensajes religiosos, el apóstol de la Divina Misericordia no tiene más remedio que entregar plenamente los resultados de su obra difusora a Dios. Y exige la misericordia para con el prójimo porque el ayudar al prójimo a descubrir el inmenso océano de las gracias que puede obtener de la Divina Misericordia es, quizás, una de las maneras más elevadas de practicar la caridad y la misericordia para con los demás.

El Señor pide a sor Faustina difundir, y por medio de ella a todo devoto de la Divina Misericordia que desea dar culto a la Misericordia de Dios: “haz lo que esté en tu poder para difundir la devoción a Mi misericordia. Yo supliré lo que te falta. Dile a la humanidad doliente que se abrace a Mi Corazón misericordioso y Yo la llenaré de paz. Di, hija mía, que soy el Amor y la Misericordia Mismos. Cuando un alma se acerca a Mí con confianza, la colmo con tal abundancia de gracias que ella no puede contenerlas en sí misma, sino que las irradia sobre otras almas” (D. 1074), “A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas el Juez, sino el Salvador Misericordioso” (D. 1075), “Todas las almas que adoren Mi misericordia y propaguen la devoción invitando a otras almas a confiar en Mi misericordia no experimentarán terror en la hora de la muerte. Mi misericordia las protegerá en ese último combate” (D. 1540).

A los sacerdotes

El Señor pide ayuda a sus sacerdotes para difundir la Divina Misericordia: “Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia que tengo a las almas pecadoras. Que el pecador no tenga miedo de acercase a Mí” (D. 50), “habla a los sacerdotes de esta inconcebible misericordia Mía. Me queman las llamas de la misericordia, las quiero derramar sobre las almas” (D. 177), “Diles a Mis sacerdotes que los pecadores más empedernidos se ablandarán bajo sus palabras cuando ellos hablen de Mi misericordia insondable, de la compasión que tengo por ellos en Mi Corazón. A los sacerdotes que proclamen y alaben Mi misericordia, les daré una fuerza prodigiosa y ungiré sus palabras y sacudiré los corazones a los cuales hablen” (D. 1521).

Promesas:

Además de las promesas ya señaladas, el Señor afirma: “para los que propaguen mi Misericordia, no seré juez sino Salvador Misericordioso” (D. 1540). El Señor muestra un reconocimiento y un cariño especial para aquellos que divulguen su Divina Misericordia al decir que “los protegeré como una madre protege a su recién nacido” (D. 1075). Además, Dios prometió una gran gracia, especialmente a ti y a todos que proclamen esta gran misericordia Mía. Yo Mismo los defenderé en la hora de la muerte como Mi gloria aunque los pecados de las almas sean negros como la noche” (D. 378), “Con las almas que recurran a Mi misericordia y con las almas que glorifiquen y proclamen Mi gran misericordia a los demás, en la hora de la muerte Me comportaré según Mi infinita misericordia” (D. 379).

(Libro "La Divina Misericordia prepara al mundo", P. Mauro Carlorosi co.)
 

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